Better together

 

 

Love is the answer, at least for most of the questions in my heart
Like why are we here? And where do we go?
And how come it’s so hard?

(Algunas) Cosas ordinarias que me hacen feliz.

Esperarte.

Disfrutar con lo cotidiano, y compartirlo.

Entender que la felicidad se encuentra en lo extraordinario de las cosas nimias.

Caminar y cruzar todos los días el parque y mirar a la gente: los que se besan, los que lloran, el que pasea al perro, los que juegan football, quien espera el camión, los amigos que se cuentan sus demonios disfrazados de carcajadas.

Reírse de uno mismo, y reírse otra vez, aunque de eso que uno se ríe ya no exista, contarlo mil veces hasta que todo el mundo lo sepa, o ponerlo en ese lugar mágico donde solo es nuestro.

Que en el random salga tu canción favorita o tu obsesión del momento y cantarla sin importar quien te mire, o tocarla en loop infinito en el fondo de tu mente, o sin motivo alguno cantársela a alguien como un suspiro.

En la noche, cuando todos duermen menos yo, la esponja que llevo por corazón lo absorbe todo. La cama, los bultitos tibios esparcidos de modo que no me pueda mover, y como música de fondo, escucho roncar a Huesos.

Sin censura (sin canción)

Hay dos formas en que lidio con mis huracanes, la primera es la analogía de la alberca y el trampolín: miró observó y espero (o brinco a la emoción, y me dejo ahogar, ahí es garantía de drama seguro). La técnica se la alberca funciona cuando logró identificar con claridad el origen de la emoción, y puedo contenerla y observarla como si fuera un bicho.

La segunda, es el búnker, el tiempo fuera, está es para situaciones de vorágine, en que todo está revuelto, y no hay nada identificable que observar. La idea es guardarse y esperar. La desventaja del encerrarse en el búnker mientras la tormenta emocional sucede, es la censura: el encierro distorsiona mi capacidad de comunicarme, conmigo, con los demás, y no puedo decir lo que pienso, lo que siento. Hoy no era un buen día para hablar, ni conmigo ni con nadie.

El encierro no sólo limita mi capacidad de emisión, también afecta la recepción: me impide escucharme, y como sucedió hoy, en mi ansiedad, en vez de esperar a que la tormenta pasara, abrí poquito la puerta y… pues ya, me desbordé. Estoy desbordada. Así, sin drama.

¿Ahora qué? ¿Quédame quieta? ¿Fluir?

¿Que tengo que aprender?

Duele, lo que no existe más.

Eventualmente pasará.