El 1 de junio de 2007 pintaba para ser un día de “no debí salir de la cama”. Eran las 7 de la mañana, e iba retrasada para llegar al trabajo, era hora pico y la gente se comportaba loca y desesperada. Yo iba tarde y triste… cuando de repente un camión se me cerró y desbarató el frente de mi auto. ¿Qué más puede pasar? -pensé- Ya no llegué a dar mi clase, un día que no voy a cobrar… un mes con el auto en el taller de seguro… y mira nada más ese pobre perro, él sí que está peor que yo… ¿eh? ¿un perro a medias de López Mateos? Y ahí estaba… en medio de la calle, triste y flaco y casi sin poder sostenerse. Pobre criatura… de verdad que está jodido, no puede ni caminar… híjole, tiene un tumorsote en la pata… ¿cómo lo voy a dejar ahí? Mi papá me va a matar si llego sin carro y con un perro. Mi cerebro iba a mil por hora y no atinaba que hacer… en eso llegó la aseguradora, y un poco después mi mamá a auxiliarme y lo primero que hice fue señalarle al perrillo con ojos suplicantes… y algo vio en él mi mamá… o tal vez vio algo en mí… que me dijo “ándale pues, ve por algo para darle de comer a ese chucho, porque si no, no se va a dejar agarrar” y no, no se dejó agarrar fácilmente… Me imagino que la gente fue mala con él, que fue golpeado, seguramente pateado muchas veces, no había confianza en sus ojos… Finalmente lo agarramos, fue muy complejo, a pesar de su severa desnutrición y mal estado, no permitía acercamiento alguno, y después de muchos intentos, lo lazamos con una correa hechiza… el pobre infeliz apestaba con ganas y gruñía con más. Lo vi tan mal, tan decaído, que pensé que en la veterinaria me sugerirían una eutanasia. Para mi sorpresa, el perro, aparte de las condiciones propias del abandono y de la calle estaba bastante bien. La Dra. calculó que tendría cerca de tres meses abandonado, por el nivel de desnutrición. Resultó que el tumor, no era un tumor si no una astilla de hueso encapsulada, provocada por la mordida de otro can. Total que no hubo necesidad de hospitalizar, ya que comía por él mismo. Cuando lo bañé me mordió; fuera de eso el proceso de domesticación fue muy rápido. En casa teníamos tres perras más… y no sabía mucho de rescates, pero sabía que tenía que estar en cuarentena y no podía entrar a casa, así que vivió en la cochera muchos días. Yo lloraba con él cuando cerraba la puerta de la casa en la noche y me levantaba súper temprano para ir a acariciarlo y darle de comer. Vivía con terror cuando me iba al trabajo, como se quedaba en la cochera, cualquiera podía abrirla, y llevarse al chucho… era tal mi nivel de angustia, que en un intento por tranquilizarme, mi mamá me dijo “¿hijita, quién va a querer a ese perro tan feo?” Pues yo… yo lo amé desde el segundo en que me vi reflejada en él, en su cara triste, en su desesperanza y lo he amado cada segundo de los últimos doce años. Puede sonar exagerado, pero el mundo es un lugar mejor con él, por él. Nunca he pensado que es un perro afortunado, o que tuvo la suerte de encontrar una humana dispuesta a ayudarlo, siempre he sabido que la de la buena fortuna soy, que la suerte es mía, por encontrarlo y reintentarnos juntos, rehabilitarnos y volver a confiar.

Gracias Huesos por ser mi compañero de vida